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Sirot en la revista Yorokobu

Publicado 23/09/2015

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

   Muchos de los que piensan en un vino de cereza se lo imaginan «para postres, dulce y de poco interés». Por eso se sorprenden cuando descubren el caldo que Sirot obtiene de las cerezas. En las catas a ciegas, más del 90% de los catadores no detectaron que se trataba de un vino de cereza. «Intuían que se podía tratar de un nuevo varietal, pero no de un fruto diferente a la vid», recuerda Josep Badell, su creador. «No lo encuentran facilón ni marciano, sino especialmente interesante».

 

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   Cuando Badell tuvo la idea, tenía claro que no quería que fuera «el típico vino dulzón con sabor a "caramelo Kojak" que todo el mundo espera». Su viaje comenzó en su masía de Torrelles de Llobregat. Una zona que, junto con Sant Climent de Llobregat, lleva más de cien años produciendo cerezas. «Tiene una tradición cerecera muy anterior a la de El Jerte», explica Badell, que no descarta instalar su segunda bodega en El Jerte, cuyo mercado natural es Madrid. Cinco años después de ese arranque, está orgulloso de haber conseguido un vino 100% de cereza, «nada de maceraciones ni coupages con vinos tradicionales». Sirot se produce en una antigua bodega de vino tradicional con técnicas parecidas a las utilizadas en el vino de uva. «Bebe de la tradición enológica catalana», dice Badell.

 

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   ¿A qué sabe el vino de cereza? «Se trata de un vino de cereza tinto, seco, afrutado y aromático. Es amable, sin asperezas, sin sabores fuertes y alcohólicos», dice Badell, tratando de traducir los sentidos a palabras. «De la misma forma que el vino no sabe a uva, el vino de cereza Sirot no sabe a cereza», añade. «Sabe a vino, con todos sus matices, y tanto el sabor como el olor pueden recordar a los frutos rojos en general, pero sin tomar un protagonismo excesivo». Los vinos de cereza que saben a cereza, existentes en otros países, «no resultan muy interesantes para el amante del vino». En su caso, los aromas aparecen tras la fermentación y se van trabajando con la maduración en barrica. De la cereza se extrae aquello que la representa: su acidez cítrica, su amargo característico y su color rojo intenso. 

A Badell le gustaría posicionar su vino de cereza como un producto gourmet. También habla de su poder de seducción. «No diré que sea un afrodisíaco, pero sí afirmo que, cuando se bebe entre dos, no sobra ni una gota. Y ya sabemos lo que puede venir después…»

 

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   Sirot está despertando curiosidad en el sector hostelero. Los restaurantes ven en el vino de cereza «una oportunidad de diferenciarse y una nueva vía de maridaje», ya que es «transversal en la mesa» y puede servirse con quesos, arroces, carnes, pescados, marisco e incluso postres.

   Sirot se encuentra en fase de financiación. Badell espera situarse en 2020 en torno a las 50.000 botellas. También están empezando a abrir vías para su exportación a Estados Unidos, Reino Unido, China, Japón, México y la Europa comunitaria.

   De la cereza, como del cerdo, no se desaprovecha nada. Aparte de las cinco variedades de vinos de cereza, Sirot elabora otros productos relacionados con esta fruta: vinagres balsámicos, esencias para cócteles, cerezas deshidratadas, huesos de cereza para cojines cervicales. Completan la oferta con experiencias relacionadas con la cereza y la gastronomía, tales como catas en medio de los cerezos en flor o actividades familiares de recolecta.

   Los ayuntamientos de la zona están muy interesados en su actividad, dado que aprovechan los excedentes anuales de cereza que se solían desechar cada año y los convierten en vino y otros productos, lo que favorece la economía local. «Además, somos muy sostenibles y no emitimos residuos», dice Badell.

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POR ISABEL GARZO

Isabel Garzo es periodista, escritora y correctora de estilo. Escribe en Yorokobu y Ling, coordina la edición de la revista Ideas (IE Business School) y es autora de la novela Las reglas del olvido (Editorial LoQueNoExiste, 2013) y del libro de relatos Cuenta hasta diez (Incógnita Editores, 2010).

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